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jueves, 3 de octubre de 2013

Inteligencia Emocional, el nuevo reto educativo.





Daniel Goleman, es un psicólogo de gran fama mundial a raíz de la publicación de su libro Emotional Intelligence (en español Inteligencia emocional) en 1995. Goleman da una gran importancia a la conciencia emocional, ya que constituye una competencia personal que determina el modo en que el sujeto se relaciona consigo mismo, y a la vez está influida por el factor social.

La autoconciencia, es decir, llegar a combinar el pensamiento y las emociones, comienza en edades muy tempranas y parece que puede desarrollarse debido al poder de la imaginación, que permite experimentar estados emocionales ficticios o situarlos en personajes inventados, reuniendo gran cantidad de experiencia sobre lo emocional (Harris, 1992). Y el desarrollo y comprensión de las emociones en los niños es un proceso continuo y gradual de aprendizaje que va de las emociones simples a las más complejas. Los niños y adolescentes van cambiando sus estrategias para poder hacer frente a las distintas experiencias a través del control de las emociones, se enfrentan mejor a sus emociones a medida que va comprendiendo sus causas.

Para conseguir una adecuada educación emocional hay cierta unanimidad en que las cinco habilidades que conforman la inteligencia emocional- según Goleman (1995)- deben ser fomentadas y desarrolladas lo más intensamente posibles y desde la más temprana adolescencia (Brockert y Braun, 1997). Estas habilidades son:

-     Conciencia emocional: es decir, ser consciente de uno mismo, conocer la propia existencia y, sobre todo, el propio sentido de vida, lo que a su vez es fundamental para el autocontrol.

-     Autocontrol o regulación de las emociones: significa la capacidad para saber manejar ampliamente los propios sentimientos, los estados de ánimo, evitando caer en el nerviosismo y sabiendo permanecer tranquilo para poder afrontar los sentimientos de miedo y las situaciones de riesgo y para recuperarse rápidamente de los sentimiento negativos.

-    Motivación, que está muy unida a las emociones y surge del autocontrol, significa ser aplicado, ser consciente, perseverante, tener resistencia ante las frustraciones.

-    Empatía, o capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, significa comprender las emociones de los demás, entender lo que otras personas sienten, sentir con las otras personas.

-    Habilidad social: hace referencia a entenderse con los demás, orientarse hacia los otros, no ser un mero observador de los demás sino hacer algo en común con ellos, sentir alegría de estar entre la gente, colaborar, ayudar, pertenecer a un grupo.


La educación emocional surge como una respuesta educativa a una serie de necesidades que se dan en la sociedad actual: ansiedad, depresión, problemas de disciplina, violencia, drogadicción, trastornos de alimentación, etc (Álvarez et al., 2000). Investigaciones sobre esta temática han demostrado cómo el “anafabetismo emocional” tiene efectos muy negativos sobre las personas y sobre la sociedad (Goleman, 1995).

La importancia del control y la regulación de las emociones surge, también, de la necesidad que tiene el ser humano de no dejarse llevar por los impulsos emocionales, ya que lo contrario tendría consecuencias muy negativas tanto a nivel personal como social. Además, todas las personas necesitan sentirse seguras emocionalmente, es decir, tener sentimientos de bienestar y estabilidad emocional. El factor emocional se considera como un elemento muy importante en la prevención y/o desarrollo de algunas enfermedades: se está demostrando que emociones negativas como la ira, el miedo, el estrés, la depresión, etc. Tienen un efecto directo sobre la salud (Perea, 2002).

Para Shapiro (1997), el término inteligencia emocional se identifica con cualidades emocionales necesarias para el logro del éxito, entre las cuales se pueden incluir: la empatía, la expresión y la compresión de los sentimientos, el control del genio, la independencia, la capacidad de adaptación, la simpatía, la capacidad de resolver problemas en forma interpersonal, la persistencia, la concordialidad, la amabilidad y el respeto.

Cooper y Sawaf (1997) definen la inteligencia emocional como la aptitud para captar, entender y aplicar eficazmente la fuerza y la perspicacia de las emociones en tanto que fuente de energía humana, información de relaciones e influencias.

La inteligencia emocional se puede entender desde dos enfoques: capacidad cognitiva vinculada al ámbito de la inteligencia y la referida al ámbito de la personalidad como conjunto integrado de disposiciones o tendencias de comportamiento, tales como asertividad, optimismo, baja impulsividad, sociabilidad,…

Y, además, la inteligencia emocional según Cooper y Sawaf (1997) está integrada por cuatro elementos básicos:

  • La alfabetización emocional. Consiste en ser consciente de nuestras emociones, canalizar y transferir la energía emocional con un empuje que nos aporte lo que podría denominarse “pasión” creadora y solucionadora. En este aspecto, una de las ideas clave es la del “feed-back” emocional, que se expresa como la forma de gestionar nuestras emociones.
  • La agilidad emocional. Se manifiesta en una doble vertiente: a) ofrecer a los demás un grado de confianza que facilite las relaciones con otros y la comunicación empática al tener conciencia de los sentimientos y emociones; y b) obtener una capacidad de flexibilidad y renovación para solucionar problemas y hacer frente, de manera adecuada, a las necesidades.
  • La profundidad emocional. Este elemento está relacionado con la ética y moral personal. Todos tenemos motivaciones y reflexionamos sobre nuestras aspiraciones, es nuestro potencial e intención individual. Para alcanzarlo es necesario poner esfuerzo, responsabilidad y conciencia. Aquí es donde interviene la moral y la ética personal en las formas que tenemos habitualmente de actuar.
  • La alquimia emocional. Se manifiesta en una gran variedad de situaciones (ser capaz de aceptar el reto, trabajar con lucidez y atención, aplicar nuestra intuición a la creatividad y a lo imaginativo). Es lo que se conoce como “flujo intuitivo”, que hace que, a veces, seamos capaces de experimentar con más plenitud un punto determinado del tiempo y conectar con nuestros sentimientos de forma eficaz, agudizando nuestra intuición, nuestros instintos; nuestro empeño se pone al servicio de la innovación y nuestras emociones y pensamientos no quedan atrapados en el tiempo, sino que tienen una proyección.

Para finalizar, Gallego et al. (1999, pp. 28-29) destacan una amplia serie de habilidades que se encuentran en la teoría de la inteligencia emocional y las presentan agrupadas en tres ámbitos:


Habilidades emocionales


  • Reconocer los propios sentimientos: identificarlos, etiquetarlos y expresarlos.
  • Controlar los sentimientos y evaluar su intensidad.
  • Ser conscientes de si una decisión está determinada por los pensamientos o por los sentimientos.
  • Controlar las emociones, comprendiendo lo subyacente a su sentimiento.
  • Aprender formas de controlar los sentimientos.


Habilidades cognitivas


  • Comprender los sentimientos de los demás, respetar las diferencias individuales.
  • Saber leer e interpretar los indicadores sociales.
  • Asumir toda la responsabilidad de las propias decisiones y acciones.
  • Considerar las consecuencias de las distintas alternativas posibles.
  • Dividir en fases el proceso de toma de decisiones y de resolución de problemas.
  • Reconocer las propias debilidades y fortalezas.
  • Mantener una actitud positiva ante la vida con un fuerte componente afectivo.
  • Desarrollar esperanzas realistas de uno mismo.
  • Adiestrarse en la cooperación, la resolución de conflictos y la negociación de compromisos.
  • Saber distinguir entre las situaciones en que alguien es realmente hostil y aquéllas en las que la hostilidad proviene de uno mismo.
  • Ante una situación de conflicto, pararse a describir la situación y cómo se hace sentir, determinar las opciones de que se dispone para resolver el problema y cuáles serían sus posibles consecuencias, tomar una decisión y llevarlas a cabo.


Habilidades conductuales

  • Resistir las influencias negativas.
  • Escuchar a los demás.
  • Participar en grupos positivos de compañeros.
  • Responder eficazmente a la crítica.
  • Comunicarse con los demás a través de otros canales no verbales, gestos, tono de voz, expresión facial, etc.



Fuente de información:

IMPORTANCIA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL: UN NUEVO RETO PARA LA ORIENTACIÓN EDUCATIVA 
María Luisa Dueñas Buey 
Universidad Nacional de Educación a Distancia 
MADRID 











lunes, 12 de diciembre de 2011

La adolescencia como periodo de cambio

En la adolescencia temprana ocurren dos grandes cambios en la estructura cerebral:

  1. Se da un incremento en la mielina de la corteza frontal. La mielina es una sustancia lipoproteica que actúa como aislante y recubrimiento de la extremidad de la neurona conocida como axón. Su propiedad aislante le confiere a la neurona la capacidad de acelerar la conducción o impulso nervioso.

Este acto anatómico del aumento
 del impulso nervioso
 se reflejará
 en cambios en la conducta del adolescente.


  1. Otro cambio importante es lo que podría llamarse “la poda o recorte” de las uniones neuronales (sinapsis) en la corteza cerebral. Este acto, aunque no es súbito, es lo suficientemente rápido como para generar desaciertos y torpezas que hacen que adolescente parezca que no cabe en ningún lugar. Como en cualquier proceso biológico, los periodos de cambios rápidos en el desarrollo señalan una marcada sensibilidad y vulnerabilidad, tanto en los cambios dependientes de la experiencia como en el de las consecuencias adversas de la perturbación y del insulto.
Por tanto,
 no sería difícil
comprender por qué
 las perturbaciones propias
 del desarrollo del cerebro del adolescente
 dejan una huella distintiva en el comportamiento del adulto.



La adolescencia marca la entrada a un periodo de cambios neurobiológicos sustanciales, con efectos significativos en la cognición, en lo social y en el desarrollo emocional.
Más específicamente se ha propuesto que la adolescencia involucra un cambio en la dirección del control del comportamiento.

Cualquier estímulo, lo suficientemente fuerte como para evocar una respuesta, reforzará o aumentará el número de conexiones sinápticas, las cuales posiblemente perdurarán por toda la vida. Actualmente se reconoce a la adolescencia humana como un gran periodo dinámico del desarrollo neuronal donde los circuitos del comportamiento se remodelan y se redefinen. Varios estudios han señalado lo impredecible del desempeño cognitivo del adolescente una vez transite este periodo.

La habilidad mental puede mejorar o empeorar en una escala mucho mayor de lo que se pensaba hasta el momento. 


La secreción de hormonas sexuales en la pubertad coincide con el período de la adolescencia, el cual ocurre entre los 12 y los 20 años de edad, en los seres humanos. Las hormonas de la pubertad actúan no sólo sobre el tejido periférico causando la aparición de las características sexuales secundarias, que son las señales obvias de la pubertad, sino que además actúan centralmente influyendo en la remodelación del cerebro adolescente y en la maduración del comportamiento.

Aún más, las modificaciones fisiológicas y neurológicas que surgen como consecuencia de las hormonas de la pubertad impulsan cambios significativos en la experiencia individual, las cuales por sí mismas pueden alterar profundamente el desarrollo del cerebro.

Durante este periodo el adolescente comienza a reconocer al otro, ha entender las emociones, las intensiones y las creencias de los demás. En especial identifica aquellos que son sus iguales. Algunos estudios sugieren que la adolescencia se caracteriza por estos cambios de fuerte contenido social, incluyendo un alto grado de autoconsciencia, un aumento en la importancia y complejidad en las relaciones entre iguales, al igual que una mejora en el entendimiento de otros.

Aránzazu Ibáñez

Fuente:

RAFAEL H. PAGÁN SANTINI