miércoles, 12 de diciembre de 2012

Tejer vínculos



Basado en la ponencia de Clara Romero Pérez, Antonio Bernal Guerrero y Juan Ramón Jiménez Vicioso en el XXVIII Seminario Interuniversitario de teoría de la educación.

“La escuela hoy. La teoría de la educación en el proceso colectivo de construcción del conocimiento” (Oviedo. Noviembre de 2009)

Detrás de esta metáfora subyace una filosofía educativa positiva orientada al bienestar emocional y la satisfacción vital de las personas. La felicidad no se construye individualmente, sino que precisa de los otros y de entornos y espacios de relación positivos, cálidos, amigables, seguros. Uno de ellos, tal vez el más importante para algunos escolares, como ya se ha señalado, es la institución escolar y, dentro de ella, el contexto aula. 

Fortalecer la estructura afectiva de la relación educativa brinda oportunidades no sólo para el aprendizaje académico, sino también, para aquellos otros aprendizajes, que escapan del dominio instruccional, y que son, si cabe, más importantes para la vida: el aprendizaje del yo y de la sociabilidad.



 Imagen modelo educativo finlandés. 
Fuente: Jarsjo.


Tejer vínculos implica fortalecer las alianzas y vinculaciones afectivas entre enseñante y aprendiz por medio de la comunicación interpersonal. Este proceso exige por parte del profesorado un profundo y persistente trabajo de indagación y comprensión emocional de sus estudiantes, pero también un sólido esfuerzo de introspección sobre sus propias necesidades, organizadas sobre la base de esquemas emocionales, y sus propios estilos de comunicación.



Aprendizaje Cooperativo y autodeterminación


Cuando el aprendizaje escolar se vive como una competición en la que habrá “ganadores y perdedores”, cuando se representa como un proceso impersonal y no controlable e incluso, como una “meta externa” valiosa pero inalcanzable desde la perspectiva del aprendiz, es fácil que la apatía, el aburrimiento, la ansiedad y, en algunos casos, la “resignación al fracaso” entre los estudiantes afloren.

Estas reacciones afectivas describen tres de los perfiles del alumnado en las aulas: (a) los resignados al fracaso; (b) los evitadores del fracaso; (c) los sobreesforzados.

Lograr que los estudiantes se esfuercen por alcanzar las metas de aprendizaje exige por parte del profesorado una transformación de sus representaciones (narrativas) personales sobre el aprendizaje, su función como docente y su forma de organizar la enseñanza.

La Teoría de la Interdependencia Social (Johnson, D.W. y Johnson, R.T., 1983) —base teórica del aprendizaje cooperativo— y la Teoría de la Autodeterminación (Deci, E. L. y Rian, M., 1985) nos brindan valiosos principios para estructurar la enseñanza y el aprendizaje de forma más efectiva y motivadora de cara a nuestros estudiantes. 

Tal vez, de una parte, el aspecto más desafiante del aprendizaje cooperativo estriba en el énfasis que otorga esta teoría al hecho de garantizar que el estudiante no tenga que enfrentarse sólo a un nivel de complejidad excesivo, ni tampoco privarle de oportunidades para su propia iniciativa y el pensamiento autónomo. 

De otra, el aprendizaje basado en la autodeterminación exige por parte del profesorado organizar la enseñanza a partir de experiencias que puedan ser experimentadas por los estudiantes como retos —personales y grupales—, diseñando un ambiente de aprendizaje más “informativo” que “de control” que presente contenidos estimulantes y desafiantes para ellos, que les lleven a recorrer progresivamente la zona de aprendizaje y la zona de prácticas — para ello es imprescindible que el profesorado equilibre los espacios de discriminación justa (Colom Cañellas, A.J. y Núñez Cubero, L., 2001, 200 y s.)— estimular la sensación de agencialidad o autonomía del escolar, animarle y brindarle apoyos, son algunos de los principios que precisamente han interiorizado diversos programas de innovación pedagógica con notable éxito (p.e.: Programa de Enriquecimiento Instrumental [Reuven Feuerstein]; Programa de Filosofía para Niños [Matthew Lipman]).



Comunicación afectiva

Cuando nos referimos a esta dimensión, estamos en realidad centrándonos en un estilo de comunicación específico: la comunicación centrada en la persona. A partir de ella podremos generar las condiciones adecuadas para que las conexiones y vínculos con los estudiantes puedan desarrollarse con cierta fiabilidad. Y es que el proceso de tejer vínculos se organiza en gran medida sobre la base de esa sabiduría emocional que todo buen educador conoce bien: escuchar, respetar, amonestar “sin herir o humillar”, animar, apoyar y empatizar o, lo que es lo mismo, “sentir conjuntamente”. Aun cuando sabemos que no es posible no comunicar —¡qué sentimientos de soledad, incomprensión, vergüenza e, incluso, temor, suscitamos los adultos en muchas ocasiones tanto en niños como en jóvenes con nuestros “silencios”!—, lo que nos interesa resaltar en esta propuesta pedagógica es la importancia que posee para un nuevo estilo de relación educativa una comunicación orientada a la persona

Con frecuencia, el profesorado tiende a practicar un modelo de comunicación objetal. Las consecuencias en la dinámica grupal de aula son claras: se trivializa la relación, en lugar de singularizarla. Las necesidades de reconocimiento del estudiante no podrán ser satisfechas adecuadamente. No podemos olvidar que el ambiente o clima de aula está organizado básicamente sobre una estructura afectiva.

En la creación de un entorno amigable y prosocial insistimos en la importancia de la metacomunicación y de la empatía como piezas claves para reducir el vacío interpersonal en la relación educativa. Pero esta labor exige, a su vez, un proceso introspectivo por parte del profesorado que no siempre están dispuestos a realizar. Es la identidad personal del propio docente la que conviene explorar.

Otros aspectos importantes son la confianza y seguridad. Sin una mínima base de confianza y seguridad una relación positiva no sería posible. Al igual que no puede haber no comunicación en la relación interpersonal, no puede no haber confianza (Castilla del Pino, C., 2000, 323).Cuando se pierde la confianza —en un alumno, en un profesor, o en uno mismo— o se vulnera la seguridad, surgen los sentimientos de decepción, sentirse traicionado, e inseguridad (Vid. Foucart, J., 2002, sobre la ruptura de la confianza en la relación educativa desde el punto de vista del profesor). De ahí que la autenticidad haya sido vista en los modelos pedagógicos centrados en la persona como uno de los rasgos más valorados en profesorado en su relación con los estudiantes. De ahí que la pérdida de la autenticidad —transparencia— genere malestar en el estudiante. Cuando nutrimos de confianza y seguridad nuestra relación con los estudiantes estamos contribuyendo también a su desarrollo afectivo. La seguridad en sí mismo, la aceptación de uno mismo, requieren de un entorno fiable, confiable y seguro.



Reconocimiento

Insistimos a los profesores —especialmente a quienes trabajan en los niveles de Secundaria y Bachillerato— en la importancia en otorgar ese reconocimiento al estudiante.

El reconocimiento implica considerar que cada alumno, cada adolescente, opera a través de su propia lógica y su propia emocionalidad (aunque nos pese). “Lo primero, es el niño”, esa es la filosofía educativa de la Profesora Joyce Burick, Directora del Independent Day School (Tampa, Florida) que desarrolla a través de su metodología M.O.R.E —Múltiples Opciones para conseguir Resultados en Educación— una propuesta pedagógica que sirve de base para crear una comunidad de aprendizaje dinámica y cooperativa basada, entre otros, en el papel central que ocupa el escolar.

Todo ser humano necesita sentirse estimado y conectado a los demás. Una relación educativa positiva genera la oportunidad de tejer esos sentimientos entre profesores y alumnos. Las estructuras de aprendizaje cooperativas facilitan este proceso de reconocimiento. Cuando la indiferencia se instala en el aula, podemos llegar a explicar algunas conductas de los estudiantes que los propios profesores califican de actitud de indeferencia de sus alumnos y de escaso reconocimiento a su figura como profesores. Es en la conexión con sus intereses, con su lógica —tan ilógica muchas veces a los ojos de los adultos—, con sus necesidades de sentirse valiosos, reconocidos por quienes son como también tejemos vínculos en el aula.

Empatía y reconocimiento van, en este sentido, de la mano. Asimismo, el reconocimiento implica crear oportunidades reales en el aula para que los estudiantes se sientan competentes. Como nos enseña la Teoría de la Valía Personal (Atkinson, Covington) para preservar un sentimiento básico de valía personal, la persona —en nuestro caso, los estudiantes— debe sentirse competente y demostrar su capacidad ante los demás. De ahí la importancia de los retos en el aprendizaje, porque “es donde pueden poner en juego su propio orgullo y su propia valía” y que, en ocasiones, se traducen en la lógica del propio estudiante como “una apuesta personal ante la valoración escasa que le da el profesor ante los colegas” (Colom Cañellas, A.J. y Núñez Cubero, L., 2001, 195).



Por: Aránzazu Ibáñez.

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