domingo, 7 de octubre de 2012

Investigaciones sobre el cerebro moral.


Gran parte de las interacciones humanas depende de nuestra capacidad de entender y compartir las emociones ajenas. Pero sentir empatía con las emociones de los demás no nos conduce necesariamente a reaccionar como ellos, pues nuestras relaciones emotivas son muy compleja.


Según investigadores de la Universidad de Chicago los niños de entre siete y doce años de edad parecen naturalmente inclinados a sentir empatía hacia el dolor de los demás. Este resultado está basado en imágenes de resonancia magnética funcional y es similar al que se puede obtener en adultos. Entonces, y según estos datos, los niños, al igual que los adultos, muestran una respuesta al dolor en las mismas regiones cerebrales.







Los investigadores descubren además aspectos adicionales en la actividad cerebral, que se manifiestan cuando los sujetos ven a otra persona siendo lastimada por un tercero de manera intencionada y que estaría relacionado con el juicio moral. Según Jean Decety este estudio examina tanto la respuesta neuronal al dolor de los demás como el impacto al ver a alguien causar dolor sobre otro. En el artículo titulado “Who Caused the Pain?" y publicado en Neuropsychologia se describe estos resultados y el método experimental empleado. Según estos investigadores la empatía estaría preprogramada en el cerebro de un niño y no sería enteramente un producto de la educación de los padres o del entorno social. Según Decety la comprensión del papel del cerebro en respuesta al dolor puede ayudar a los investigadores a entender cómo ciertas discapacidades cerebrales influyen en el comportamiento antisocial, como en el caso del acoso escolar.



La percepción del dolor de los demás estaba asociada con una aumento de la actividad hemodinámica (riego sanguíneo) en los circuitos neuronales relacionados con el procesamiento del dolor de primera mano. Sin embargo, cuando los niños veían imágenes de alguien causando dolor intencionadamente, la región cerebrales que se activaban estaban relacionadas con la interacción social y el razonamiento moral.






El estudio proporciona pistas sobre la percepción que tienen los niños sobre lo que están bien y lo que está mal, y sobre su procesamiento cerebral. Según Decety, aunque el estudio no se nutre del juicio moral explícito, la percepción de una intencionalidad individual de dañar a otro hace al observador consciente del mal moral. Las entrevistas posteriores que se hicieron a los niños muestran que éstos eran conscientes del mal comportamiento moral cuando alguien era lastimado intencionadamente en las animaciones visionadas.


Otros estudios sobre investigaciones psicológicas y neurobiológicas de la ética fueron publicadas en la revista Science & Vie dónde se proponía a los participantes de una investigación una situación cuyo desenlace dependía de una decisión ética. El psicólogo cognitivo Joshua Greene observó que la mayoría de los participantes de esta investigación optaba por no hacer nada antes decisiones de intensa emoción como, por ejemplo, ser el causante directo de la muerte de otra persona. En otros experimentos similares realizados por el neurobiólogo Antonio Damasio, los psicólogos y biólogos evolucionistas Michael Koenigs y Marc D. Hauser encontraron que había sujetos que optaban por el sacrificio de la víctima. Estas personas mostraron también una sensibilidad menor que la normal a emociones como la compasión, la vergüenza y la culpa.




La conclusión a la que se llegó después de estos experimentos fue que en nuestro cerebro hay zonas encargadas de elaborar juicios morales y que éstas dependen de la organización cerebral de las emociones. La aversión al sufrimiento ajeno es innata en las personas. Esta aversión natural al sufrimiento de otros no es el único elemento importante de este sentido moral innato. Otros estudios llevados a cabo en la Universidad de Princeton indican que estamos predispuestos a otro comportamiento esencial: el sentimiento de equidad.


Marc D. Hauser, codirector del programa “Mente, cerebro y comportamiento” en la Universidad de Harvard, señala que este descubrimiento de la relación entre el sentido moral y las emociones es muy significativo porque las emociones son mecanismos seleccionados por la evolución que permiten a los individuos reaccionar a situaciones que comprometen su supervivencia (por ejemplo, reaccionar con indignación cuando alguien trata de engañarnos). En su libro Moral Minds (“Mentes morales”), Hauser intenta postular una teoría de la moral similar a la de Pinker para el lenguaje: el sentido moral, sugiere Hauser, también es innato en las personas. Y ya hay investigadores que lo están buscando en los primates superiores. Si esto se confirma, entonces nuestro cerebro está programado para sentir aversión por el sufrimiento ajeno, o incluso el de los animales, sin importar de qué cultura seamos. Estas emociones son las fuerzas fundamentales de la vida social humana.




Para Antonio Damasio (premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica en 2005 y director del prestigioso Instituto para el estudio neurológico de la emoción y de la creatividad de la Universidad del Sur de California) es importante centrarse en el estudio de las emociones sociales, sobre todo las que están implicadas en la construcción de un sistema moral porque según dice “las emociones sociales personifican, materializan los valores morales y lo hacen incluso en especies no humanas, de una forma muy primitiva, como por ejemplo en primates”. Un estudio publicado recientemente por el equipo de Damasio en la Academia Nacional de Ciencias ha mapeado por primera vez dos emociones sociales muy importantes: la admiración y la compasión.





Antonio Damasio: "Si pensamos en una sociedad justa, pensamos siempre en situaciones en las que querríamos que los individuos se comporten de forma compasiva, conscientes de las dificultades que pueda tener el prójimo y que hagan algo al respecto“. Pero asimismo, prosigue "también necesitamos definir lo que admiramos en los otros"


Para diseñar el estudio crearon un contraste entre dos tipos de admiración y dos tipos de compasión. Los dos tipos de admiración que quisieron comparar fueron la admiración por la virtud y la admiración por el virtuosismo. Eligieron estas dos puesto que según el experto, “por una parte solemos admirar a los héroes generosos, pero también solemos admirar a un atleta o intérprete musical excelente. Compara a ese virtuoso que tiene una habilidad física admirable con esa otra admiración más espiritual, ver si hay diferencias entre las dos, si admirar a la MadreTeresa de Calcuta o a Nelson Mandela es comparable a admirar a un atleta, un deportista o un intérpretemusical famoso”.


Su hipótesis de partida era que el cerebro seguramente los veía de forma parecida pero los resultados fueron sorprendentes. En cuanto a la compasión, generalmente la asociamos con el dolor físico, pero el equipo de Damasio lo trasladó desde el punto de vista mental y social puesto que le interesaba el tipo de compasión por el dolor o sufrimiento social. El profesor Damasio anticipa que “todo esto tiene que ver con los sistemas que tenemos como humanos en el cerebro a la hora de implicarnos en algo e incluso también la manera de relacionar todo esto con la distinción entre la virtud y el virtuosismo”.


Otro aspecto estudiado en el instituto de investigación del profesor Damasio es la conciencia y hay un área que les ha interesado especialmente que es el cortex lateral medial en la zona medial del cerebelo. La conciencia no es algo únicamente humano, sino un proceso gradual que se ha desarrollado a lo largo de la evolución en muchas especies. No solo la tienen los primates, sino también todos los mamíferos, las aves, probablemente los reptiles y quizá los peces, aunque sea un principio de conciencia. Es difícil determinar cuándo surge pero si que la desarrollamos del mismo modo que desarrollamos el lenguaje o la movilidad. Un bebé tarda unos dos años en tener plena conciencia de sí mismo.


También los investigadores están comenzando a comprender los circuitos neurales y evolutivos de la envidia y por qué puede llegar a ser sentida como una enfermedad corporal. Incluso están siguiendo los senderos de la sensación que en alemán se llama Schadenfreude: ese placer que se siente cuando la persona a la que uno envidia se derrumba. “La envidia es corrosiva y es fea, y puede arruinar tu vida -dice Richard H. Smith, profesor de psicología de la Universidad de Kentucky, que ha escrito sobre el tema-. Si usted es una persona envidiosa, le costará mucho apreciar lo bueno, porque estará demasiado preocupado en cómo se reflejan en su yo.”


En un trabajo publicado por Science, investigadores del Instituto de Ciencias Radiológicas de Japón describen las imágenes cerebrales de sujetos a los que se les pidió que se imaginaran a sí mismos como protagonistas de dramas sociales con otros personajes de mayor o menor estatus o éxito. Cuando se los confrontaba con personajes que los participantes admitían que envidiaban, las regiones cerebrales involucradas en el registro del dolor físico se activaban: cuanto más profunda era la envidia, más vigorosamente se activaban los centros de dolor del córtex cingulado anterior dorsal y otras áreas cerebrales relacionadas. Por el contrario, cuando a los sujetos se les daba la oportunidad de imaginar que el sujeto envidiado caía en la ruina, se activaban los circuitos de recompensa del cerebro, también en forma proporcional a qué tan grande era la envidia: aquellos que sintieron la mayor envidia reaccionaron a la noticia de la desgracia ajena con una respuesta comparativamente más activa en los centros dopaminérgicos del placer del cuerpo estriado del cerebro. “Tenemos un dicho en japonés: «Las desgracias de los otros saben a miel» -dice Hidehiko Takahashi, el principal autor del estudio-. El cuerpo estriado es el que está procesando esa «miel».”


Todos estos trabajos se han podido llevar a cabo gracias a la morfometría cerebral y técnicas de imagen por difusión. Con estas innovadoras técnicas ahora los científicos son capaces de estudiar las conexiones o los caminos que nos llevan en el cerebro hasta la sustancia blanca. Asimismo, trabajan con tractografías y con diferentes técnicas de difusión por espectrometría con diferentes campos magnéticos. Son herramientas novedosas y potentes aunque todavía no tienen suficientes datos para ponerlas en marcha. 


Por: Aránzazu Ibáñez

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