domingo, 4 de marzo de 2012

¿Los padres castigan a sus hijos o son los padres los castigados?


El castigo es una forma de cortar un comportamiento que no se puede pasar por alto. Su objetivo es pretende dar respuesta a una situación grave que pone en riesgo al adolescente. Los castigos pueden ser eficaces si se utilizan correctamente pero no deben usarse como medio habitual para corregir la conducta. No es la forma principal o única para hacer frente a las malas conductas.



Estatua de padre e hijo, Gustav Vigeland,
Parque Vigeland Noruega.


En primer lugar, hay que tratar de utilizar la comunicación con los adolescentes. Hay que escucharlos y llegar a un acuerdo, ver las consecuencias de su mala actitud y tomar como una lección la situación generada por la mala conducta para que no se vuelva a realizar. Suponiendo que no exista riesgo de que se repita la situación, entonces la comunicación será suficiente y no habrá necesidad de la disuasión adicional que el castigo puede proporcionar. 

El psicólogo norteamericano Carl Pickhardt indica su libro “Stop the screaming", cómo los adolescentes han dejado en el pasado las discusiones sin sentido con sus padres y han comenzado a elaborar estrategias de acuerdo a la personalidad de éstos para chantajearlos y conseguir lo que quieren.

El castigo no sólo proporciona negatividad a una relación tensa temporalmente, sino que puede provocar que sea el propio adolescente el que castigue a los padres.

Pickhardt entrevistó a más de 1.000 padres y adolescentes estadounidenses y concluyó que hay un cambio en la táctica que emplean los jóvenes para conseguir lo que quieren. Antes no llevaban consigo más que el argumento del “derecho a salir” en cambio ahora estudian minuciosamente a sus padres. Estos preparan la forma de actuar y hablar según la personalidad de cada progenitor: lo ignoran, lo critican o lo adulan. Y consiguen así el deseo de turno. “Los padres llegan a agobiarse con este desgaste emocional y se sienten vulnerables”, explica Pickhardt. Los adolescentes ponen a prueba a los padres y evalúan su capacidad de consecuencia, tolerancia de la frustración y contención.

En la adolescencia, la independencia de los padres es vital. Eso les da “un liderazgo especial entre los amigos, porque alcanzan el mayor anhelo adolescente: hacer lo que quieren o probar todas las experiencias”, dice Pickhardt.

La manipulación no es la estrategia base para alcanzar cosas, según Pickhartd y explica que todo es parte de un proceso de descubrimiento de cómo se mueve el mundo y los chicos en él durante la adolescencia. El problema es cuando creen que la extorsión emocional es la única manera de llegar a un fin. “Eso en su vida adulta les hace daño e incluso podrían llegar a ser violentos psicológicamente con sus parejas”, afirma este psicólogo.

Por otro lado, los padres deben impedir que su vulnerabilidad emocional influya en las decisiones respecto de su hijo. Un camino para ello es que se adelanten al “escáner” que los adolescentes hacen y compartan, por ejemplo, sus miedos con la familia. Miedo al fracaso, a que no los quieran o que no los respeten. “Así se le quitan argumentos al hijo para que pueda chantajear emocionalmente”, dice Pickhardt.

Tampoco es aconsejable que sean los padres quienes chantajeen al hijo. La clave es predicar con el ejemplo, pues usar el chantaje para resolver un conflicto puede ser resultado de incomunicación familiar. Pickhardt advierte que si los hijos se acercan a los padres sólo para chantajearlos en la búsqueda de un permiso es un signo de algún mal funcionamiento familiar. Por eso, los padres deben ser flexibles: sentarse con ellos y decirles: “Tu pataleta no va a cambiar mi actitud, pero estoy abierto a escuchar lo que te pasa”.

Finalmente, dejo reflejadas algunas de las personalidades de los padres que los hijos más comúnmente identifican como manipulables:
  1. Padre/madre adulado/a. Cuando al adulto le importa en exceso la aprobación, el hijo sabe que adulando a su padre conseguirá lo que quiere. Si no lo consigue bastará una pataleta que prive al adulto de la admiración. Comúnmente la estrategia se inaugura con frases como “¡guapo/a!” o “¿cómo te ha ido el trabajo?”, que preceden a la petición.
  2. Sensible al rechazo. Con un adulto sensible al rechazo, el adolescente actuará ofendido o agraviado. El chantaje emocional funciona cuando el adulto no soporta que el hijo actúe como si no lo quisiera. Aquí los “nunca” (nunca me escuchas) y los siempre (siempre te enojas) que se usan en la infancia se perfeccionan.
  3. Con tendencia a la culpabilidad. Ante un adulto con tendencia a la culpabilidad, el adolescente expresa sufrimiento actuando de manera triste y usando frases que no concuerdan con la expresión emocional que la acompaña: “No importa” con cara de “es lo peor que me ha pasado”. El adulto complace al hijo porque se siente responsable de su infelicidad.
  4. Intimidado/a. Si un adulto es tímido, el adolescente puede expresar explosividad al hablar en voz alta usando insultos y gritos o actuar amenazante como si fuera a perder el control. El chantaje emocional funciona cuando el padre cede al sentir temor de que su hijo se altere y él se vea sobrepasado al no poder controlarlo.

Aránzazu Ibáñez

Fuentes:

Carl Pickhardt, Ph.D., is a psychologist in Austin, Texas.
His most recent books are: The Connected Father, The Future of Your Only Child, and Stop Screaming.
http://carlpickhardt.com/welcome.html
http://www.psychologytoday.com/blog/surviving-your-childs-adolescence/200901/adolescent-is-not-child


Libro revela cómo enfrentar el chantaje emocional de los hijos, Lissette Fuentes. Diario digital La Tercera.

http://diario.latercera.com/2010/03/07/01/contenido/16_25862_9.html






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